Perdón Platero!


«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón», inicia el célebre libro «Platero y Yo» del escritor y premio Nóbel español Juan Ramón Jiménez (1881 – 1958), lo cual da cuenta del cariño y afecto que guardamos por los borricos que acompañan nuestra vida y que hoy la crisis y una pésima gestión nos quieren mostrar como una opción de alimento en lugar de la carne vacuna.

Si bien la iniciativa tuvo lugar en Chubut, algunos medios nacionales lo toman como novedosa propuesta y junto a la gente del poder nos quiere hacer creer que es bueno y provechoso masticarnos a los queridos borregos.

La senadora por Jujuy, Vilma Bedia (LLA) manifestó en una sesión, que la carne de asno es una especialidad gourmet y que la gente la subestima. «El burro -señaló-es un alimento espectacular».

Lástima que no le sugirió al presidente, utilizar éste «alimento» en el asado del mandamás con los 87 diputados que en su momento apoyaron el veto a la reforma jubilatoria, ni tampoco debe haber sugerido lo mismo que tanto la entusiasma, a los familiares (hijos, sobrinos y hermanos) que designó -según informes de prensa- entre un nutrido grupo nombrado para su despacho.

La Tv afín por su parte considera éste avance, entre notas intrigantes y situaciones jocosas, pero en definitiva introducen el tema y lo instalan de algún modo. No es una ocurrencia, ni siquiera una moda; es una expresión más, de la calamidad que sufren millones de argentinos que no ganan lo suficiente y buscan desesperadamente que les alcancen los ingresos.

Tuve la inmensa suerte de conocer la casa donde vivió Juan Ramón Jiménez, en Moguer, provincia de Huelva – España y la emoción que me embargó es indescriptible, el libro «Platero y YO» era lectura obligatoria en el secundario, lo cual alentaba nuestro acercamiento a los libros y fomentaba el apego a los animalitos entrañables como el burro.

PLATERO Y YO

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo
de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son
duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico,
rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo
dulcemente: «¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que
se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas
moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de
miel…

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco
como de piedra. Cuando paso, sobre él, los domingos, por las últimas callejas
del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se
quedan mirándolo:
—Tiene acero…
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

Juan Ramón Jiménez


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