El 24 % de los adolescentes argentinos de entre 12 y 17 años afirma haber apostado online alguna vez. La proporción asciende al 29 % entre los 15 y 17 años y al 32 % entre los varones. La facilidad de acceso, la exposición a publicidad y la posibilidad de apostar durante eventos deportivos plantean nuevos desafíos para la prevención y la detección temprana.
Las apuestas online dejaron de estar asociadas exclusivamente a los adultos y forman parte también de la vida cotidiana de muchos adolescentes. El acceso desde el celular, la presencia de publicidad en redes sociales y su vinculación con contenidos deportivos hicieron que estas plataformas estén cada vez más presentes en edades tempranas.
Según el estudio Kids Online Argentina 2025, realizado por UNICEF y UNESCO, el 24 % de los adolescentes de entre 12 y 17 años afirmó haber apostado online alguna vez. El porcentaje asciende del 13 % entre los 12 y 14 años al 29 % entre los 15 y 17. Además, el 32 % de los varones de esa edad señaló haber apostado, frente al 15 % de las mujeres.
El fenómeno también forma parte del entorno cercano de los adolescentes: el 61 % de los chicos y chicas de entre 9 y 17 años afirmó conocer a alguien que apuesta online.
El dato no significa que todos ellos tengan un problema de juego, pero sí muestra hasta qué punto las apuestas ingresaron en la vida cotidiana de los adolescentes y plantea una pregunta para familias, escuelas y equipos de salud: ¿cómo reconocer cuándo una práctica que puede comenzar como entretenimiento empieza a ocupar otro lugar?
“La frecuencia es un indicador importante, pero no alcanza por sí sola para definir cuándo una conducta se vuelve problemática. Es necesario observar qué lugar empiezan a ocupar las apuestas en la vida del adolescente: cuánto tiempo y preocupación generan, si aumenta progresivamente el dinero apostado, si aparecen dificultades para detenerse, ocultamiento o mentiras, o si se intenta recuperar mediante nuevas apuestas el dinero perdido. También es importante evaluar si comienzan a desplazarse otras actividades significativas, como el estudio, el descanso, los vínculos o los intereses que antes resultaban gratificantes”, explica la Dra. Mariana Czapski, Profesora Titular en la carrera de Psicología de la Fundación Barceló.
Una práctica al alcance de un clic
Las apuestas online tienen una característica que las diferencia de otras formas de juego: están disponibles prácticamente en todo momento. No es necesario trasladarse a un lugar específico y, en muchos casos, se puede apostar mientras ocurre un evento deportivo.
A esto se suma la exposición constante en el entorno digital. Publicidades, promociones, influencers y contenidos vinculados al deporte pueden presentar las apuestas como una actividad habitual, asociada al entretenimiento o a la posibilidad de obtener dinero.
“El problema aparece cuando esa exploración se encuentra con plataformas comerciales disponibles las 24 horas, que ofrecen resultados inmediatos y articulan riesgo, competencia, dinero, reconocimiento y expectativa de ganancia. Por eso no se trata simplemente de atribuir el problema a una supuesta falta de autocontrol adolescente. Hay que considerar el encuentro entre determinadas características de este momento vital y entornos digitales específicamente diseñados para favorecer la permanencia y la continuidad de la interacción”, señala Czapski.
Otro elemento que puede favorecer la continuidad de las apuestas es la idea de recuperar lo perdido.
“La necesidad de recuperar las pérdidas es una señal particularmente importante. Puede producirse una especie de círculo en el cual la pérdida, en lugar de detener la conducta, se convierte en motivo para realizar una nueva apuesta. La expectativa es: “si vuelvo a apostar, puedo recuperar lo que perdí”. Pero una nueva pérdida puede aumentar todavía más la necesidad de continuar”, advierte Czapski.
Las señales que pueden pasar inadvertidas
El juego problemático no siempre comienza con grandes pérdidas económicas ni con una conducta evidente para el entorno. Puede manifestarse de manera gradual y confundirse con otros cambios propios de la adolescencia.
Entre las señales de alerta aparecen una preocupación creciente por las apuestas, mayor cantidad de tiempo destinado a ellas, necesidad de apostar montos cada vez mayores, intentos fallidos de reducir o abandonar la actividad, irritabilidad, ocultamiento, mentiras, pedidos frecuentes de dinero o utilización de dinero destinado a otras cosas.
“También conviene prestar atención cuando las apuestas comienzan a afectar el sueño, el rendimiento escolar, los vínculos familiares o sociales, otras actividades placenteras o el estado de ánimo. Ninguno de estos indicadores aislados permite hacer un diagnóstico. Pero cuando la apuesta empieza a adquirir centralidad, resulta difícil de controlar o genera consecuencias negativas y aun así continúa, es conveniente consultar. No es necesario esperar a que exista una gran deuda o un trastorno plenamente establecido para pedir ayuda”, señala la especialista.
Hablar antes de que aparezca el problema
“La prevención debería comenzar antes de que aparezca un problema. Es importante que los adultos puedan conversar con los adolescentes sobre las apuestas del mismo modo que hablan de otros riesgos del entorno digital: preguntar qué saben, qué plataformas conocen, qué ven en redes sociales, si sus amigos apuestan y qué piensan sobre la posibilidad de ganar dinero de esa manera”, explica la psicóloga.
Esto no significa renunciar a los límites. Especialmente tratándose de menores de edad, los adultos tienen una función de cuidado y protección que incluye no permitir el acceso a las apuestas y prestar atención al dinero y a los medios de pago que manejan. Sin embargo, el límite resulta más eficaz cuando está acompañado de un diálogo abierto sobre todo lo que implica esta práctica y de disponibilidad para entablarlo. Si la única respuesta es el castigo, existe el riesgo de que la conducta simplemente pase a ocultarse.
La expansión de las apuestas online plantea un desafío para familias, escuelas y equipos de salud: reconocer a tiempo cuándo una conducta comienza a afectar el descanso, los vínculos, el estudio, el estado de ánimo o la vida cotidiana y generar las condiciones para intervenir antes de que el problema se consolide.
Dra. Mariana Czapski | M.N. 34.813 – M.P. 70.831
Doctora en Psicología, especialista en Psicología Clínica y Psicoanalista.
Profesora Titular de las asignaturas Psicología de las Adolescencias en la carrera de Psicología con modalidad a distancia, y de Psicología de las Infancias en las modalidades presencial y a distancia, en la Fundación Barceló.
Desarrolla tareas de docencia e investigación, con especial interés en los procesos de subjetivación y las tecnologías digitales en niños, niñas y adolescentes.
At. Fundación Barceló


