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Opinión
Automatización y bajo consumo
Una nostalgia distinta

Escrito el 20 de junio del 2016 - 17:50
Anda mucha menos gente en los súper ¿o me parece?. Quizás sea el frío, la altura del mes, la mega estatura de los precios. Lo cierto es que antes las largas filas me parecían un fastidio: el tener que aventurarse a elegir y jugarse por una caja (que ¡sorpresa! nunca termina siendo la más rápida); el que te toque de vecino un aficionado al stand up siempre insatisfecho con el parco elogio de tu cara; las sutiles maniobras con el aparatoso carrito o la zurda poderosa empujando el canasto como en mejores tiempos pateaba goles. El tiempo impagable para determinar con qué se paga: ¿uso la débito, la de crédito, gasto el efectivo? Todo eso no pasa ahora tan seguido. Por lo menos, hablo de mis últimas experiencias de consumo. Y lo cierto es que también se extraña.

Mi última visita fue este domingo para que la heladera no siguiera ronroneando al vacío y me llamó la atención todavía más. Porque los seres humanos somos contradictorios, que es otra forma de decir que somos rompe pelotas, en lugar de buscar hacer una fila me fui directo adonde pusieron esas registradoras autoservice, donde vos pasas los productos, vos los embolsas y después sólo vas hasta la caja con el ticket para que el empleado dude del papelito y del esfuerzo de tu cara trasparente y desembolse las cosas, las revise y las recuente, en algunos casos las pase de nuevo, y finalmente las vuelva embolsar. Estaba por tanto haciendo lo que trato siempre de no hacer, utilizando cínicamente la máquina autoservice, contento de haber sabido como callar su papelonera bienvenida y de que leyera sin problemas todos los códigos, cuando se me acercó una cajera y, luego de esperar a que cargara con éxito todos los productos y tuviera en mano mi ticket, me dijo con delicada vocecita: "- Señor, venga por acá, deje ese ticket, que le cobro en caja". O sea.

La deje hacer. Porque soy vueltero y rompe pelotas pero también me toca estar en caja y en atención al público. Eso, si no te hace tolerante y solidario te vuelve estúpido, y yo prefiero quedarme en ser un poco hincha nomás. Cumplida prestamente la tarea al modo convencional, la cajera se dio el gusto y me despidió con una orgullosa y simpática sonrisa. Fue mientras iba saliendo que recién advertí que en ese horario era otro día de cajas semidesiertas, con empleados con la mirada perdida entre sus uñas y la puerta. Y entonces pensé que todo viene a parar en la preocupación por la escasez de trabajo y en el fantasma de que los puestos sean reducidos o bien sustituidos por las prácticas, frías y económicas máquinas.

Bueno, "hoy dice el periódico" que el Banco Mundial difundió un informe en el que advierte que cada vez avanza más rápido el reemplazo de trabajadores por máquinas. Inteligencia artificial, robots, pequeñas centrales, como las cajas autoservicio de algunos supermercados, capaces de llevar a cabo procedimientos repetitivos que harían prescindible la intervención e interacción con un humano.

El informe no dice nada que hace décadas no se venga agitando en diversos sectores sobre todo, en la industria. Pero incluye un detalle importante: en un relevamiento que abarca más de 40 países en desarrollo, Argentina ocupa el primer lugar en puestos de trabajo que podrían automatizarse. El 60 por ciento. Teniendo en cuenta el actual contexto económico y de empleo a nivel nacional, y que este cambio tecnológico no haría sino agudizarse en los próximos años, la situación es preocupante.

Walmart, que en La Rioja instaló un Chagomas, es el centro de compras que lleva la delantera en la incorporación de cajas autoservicio, posee 40 distribuidas en 20 sucursales, al menos cuatro de ellas funcionan en La Rioja. Otros ámbitos donde la automatización avanza es en aeropuertos, correos, transportes, bibliotecas, bancos, consultorios, limpieza, servicios varios por dar sólo algunos ejemplos reconocibles.

Tengo fresco el recuerdo de cuando iba camino a la salida del súper. Nada sabía todavía del informe del Banco Mundial, pero son esas cosas que uno olfatea, que lo asaltan y las intuye, para después de algún modo confirmarlas, sin saber muy bien por qué ocurre. Vuelvo atrás y recuerdo que fui mirando la cara de cada uno de los cajeros, como entendiendo el empeño extra de esa chica que me había ido a buscar para cobrarme. Y creo que fue esa una de las pocas veces en las que me ganó una nostalgia distinta. Distinta a la que por lo general siento por mi propio sueldo mientras me alejo del súper; y, casi sin ver, atravieso el despliegue de banderas argentinas, robots que cobran, y cajas -de esas de las que se ocupan la carne y el hueso- a punto de quedar vacías.

JAVIER MARTÍNEZ (javmz@hotmail.com)
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