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Espectáculo
"El amor exige un poco de porvenir"
Camus, La peste y la grieta de la desmemoria y la desesperanza

Escrito el 9 de enero del 2020 - 17:06
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 Un auto deportivo a gran velocidad, una recta en una carretera de Francia, el pinchazo de un neumático, un árbol que parte el auto en varios pedazos, sobre todo, destruye su parte derecha, allí donde va el copiloto. Así nos quedamos sin Albert Camus, un 4 de enero de 1960, a los 47 años, en cercanías de Villeblevin, Borgoña. Hace sólo tres que había recibido el Premio Nobel de Literatura. (Escribe: Javier Martínez)
“Rara vez un escritor tuvo una vida póstuma tan rica y es porque continúa hablando con nosotros, con los de edad avanzada como con los jóvenes”, afirma el escritor y periodista francés Mohammed Aïssaoui, a sesenta años de la muerte de Camus. Quizás ni él mismo se lo planteaba. Esa especie de "posteridad". «¿Qué podré yo llamar eternidad, sino a todo aquello que forzosamente habrá de continuar después de mi muerte?», escribió una vez.

Hoy elijo detenerme un ratito sobre una de sus novelas más relavantes: La peste. Y creo que es necesario, en estos tiempos que corren, volver a reflexionar bastante sobre este libro y con este libro. Allí Camus describe los efectos que causa una plaga en una ciudad durante el siglo XX, diezmando a la población y revelando los sentidos más extremos y complejos de lo humano frente a la autoridad, la libertad, el individualismo, la alienación y la solidaridad. Muchos insistirán con el peso que "el absurdo" alcanza en esta obra, a la que el mismo Camus negó el rótulo de "existencialista". Yo voy a desviarme por otro pasaje.

El destierro y la separación se presentan entre las máximas consecuencias de "la peste" en una ciudad que ve "en las plazas públicas a los agonizantes agarrándose a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza". En las páginas que ahora me interesa rescatar, Camus imprime: "el cronista sabe perfectamente lo lamentable que es no poder relatar aquí nada que sea realmente espectacular, como por ejemplo algún héroe reconfortante o alguna acción deslumbrante (...). Y es que nada es menos espectacular que una peste, y por su duración misma las grandes desgracias son monótonas. En el recuerdo de quienes lo han vivido, los días terribles de la peste no aparecen como una gran hoguera interminable y cruenta, sino más bien como un ininterrumpido pisoteo que aplasta todo a su paso".

Recuerden esas últimas líneas. Son muy significativas. "El gran sufrimiento de esta época, tanto el más general como el más profundo, era la separación", remarca Camus. Un sufrimiento en el que no se percibe patetismo y por lo que se pregunta, entonces, si es que se ha producido un "acostumbramiento" por parte de los ciudadanos. Se responde, en cambio, que "sería más exacto decir que sufrían un descarnamiento tanto moral como físico". Este es el gran daño que produce "la peste", todas las pestes.

En un primer estadio, los ciudadanos pierden la capacidad de "imaginar" a los habían sido devorados por la grieta. El otro, aún tratándose de una pérdida en el terreno de los afectos, se les presenta como demasiado remoto. "En el segundo estadio", dice Camus respecto a este descarnamiento moral, "acabarían perdiendo también la memoria. No es que hubieran olvidado su rostro, no, pero sí algo que es lo mismo: ese rostro había perdido su carne, no lo veían ya en su interior".

Transcribo el resto de este párrafo fundamental: "Y habiéndose quejado durante las primeras semanas de que su amor tenía que entenderse únicamente con sombras, se dieron cuenta, poco a poco, de que esas mismas sombras podían llegar a descarnarse más, perdiendo hasta los ínfimos colores que les daba el recuerdo. Al final de aquel largo tiempo de separación, ya no podían imaginar la intimidad que había habido entre ellos ni el hecho de que hubiese podido vivir a su lado un ser sobre quien podían en todo momento poner la mano".

"Desde este punto de vista, todos llegaron a vivir la ley de la peste, más eficaz cuanto más mediocre", agrega el autor francés. Más que una resiginación, a los ciudadanos les comienza a ganar una especie de "consentimiento provisional", una adaptación. Y lo paradójico, es que "antes, los separados no eran tan infelices porque en su sufrimiento habia un fuego que ahora ya se había extinguido". Andan por la ciudad como autómatas, repiten lo que les dicen, acatan el margen que les ofrecen, todos se vuelven "modestos", hablan sobre la epidemia,y las terribles consecuencias de la separación, desde las estadísticas, lo que lleva al protagonista, el doctor Rieux, a concluir que el verdadero desastre radica en que "el hábito de la desesperación resulta peor que la desesperación misma".

Para Rieux todavía hay motivo para escandalizarse. Por eso cuando un sacerdote le propone: "acaso debamos amar lo que no podemos comprender", le responde tajante: "No, padre. Yo tengo otra idea del amor. Y rehusaré hasta la muerte amar esta creación donde los niños son torturados".

«Hasta allí habían hurtado furiosamente su sufrimiento a la desgracia colectiva, pero ahora aceptaban la confusión. Sin memoria y sin esperanza, vivian instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor, e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había más que instantes». (La peste. Editorial Sudamericana. 1995)

***

Ojalá estuviera dotado de todo el poder reflexivo y poético que estos párrafos requieren y cuya interpretación, y las profundas relaciones implícitas en ellos, apenas si alcanzo a intuir. Pero cuando abro ese libro, paso las páginas y las releo, pronunciando en voz baja las palabras, casi como una confesión o un rezo, me inspiran, me interpelan, me movlizan, como quien encuentra la huella imprecisa de una gran verdad y entiende que lo que cabe en ella, por sí mismo, es inmenso, humano, real. La inquietud de lo humano en un latido. Cuánto vivir hay en desandar morosamente esa huella. Una eternidad sólo vislumbrada.

Voy a limitarme a relacionar, como ya habrán podido suponerlo algunos, a vuelo de pájaro ese estado de "separación" con la tan mentada grieta que parece destinada a tener para rato en los tiempos actuales. Va cobrando acaso la apariencia de un destino inevitable. Y contra eso vale la pena rebelarse. A fuerza de apostar persistentemente por manter vivo ese ardor que posibilitan la memoria y la esperanza. Ojala leer a Camus genere esas ganas, refuerce la consciencia de la urgencia de inventarnos un porvenir en el amor, no en el odio, la indiferencia, la apatía. La solidaridad siempre es una sorpresa que no se ven venir los que nos quisieran absolutamente autómatas.

Una solidaridad que se parece mucho, porque mucho tiene que ver, con "el egoismo del amor y el beneficio que conforta" y que aparta el pan del exilio y una aparente paz a toda costa. Que abre una posibilidad en la uniformidad malsana y chata de la plaga, poniendo en cuestión su eficacia inexpugnable. A eso le llamo yo hacer la diferencia y a veces sólo basta un gesto instrínsecamente humano para declarar lo relativo de un estado de cosas que tiende a naturalizarse.

"Nuestro amor estaba siempre ahí, sin duda, pero sencillamente no era utilizable, era pesado de llevar, inerte en el fondo de nosotros mismos, estéril como el crimen o la condenación. No era más que una paciencia sin porvenir y una esperanza obstinada. Y en este sentido, la actitud de algunos de nuestros conciudadanos era como esas largas colas en los cuatro extremos de la ciudad, a la puerta de los almacenes de productos alimenticios. Era la misma resignación y la misma longanimidad a la vez ilimitada y sin ilusiones. Había que llevar este sentimiento a una escala mil veces mayor en lo que concierne a la separación, porque en ese caso se trataba de otra hambre y que podía devorarlo todo", expresa Camus.

Comienza un nuevo año. Y deseo que nuestro amor, profundamente egoísta y solidario, inútil para los mercados, valga.

Que exista un porvenir impaciente en lugar de una paciencia sin porvenir que atraviese esta grieta y haga de nuevo respirable el aire.

Que las ratas vuelvan a sus rincones y por fin acabe el "pisoteo interminable y sofocante".

Que la ciudad sea otra vez habitable, humanamente, sin separaciones ignominiosas, sin desesperación convertida en hábito.

Que cada rostro vuelva a encarnarse en mutuo reconocimiento de que no hay un Yo sin un Otro.

Que podamos volver a evocar e imaginar una intimidad en que sea posible confiar al entrelazar las manos.

Que la hoguera ilumine el sufrimiento que tapan las estadísticas para poder venir de él y todavía ir hacia él con esperanza.

Que haya un cachito así de chance, más allá del instante presente, para volver a encendernos con todo. Nunca más dormidos despiertos.

Que nada reemplace en nuestro corazón los frutos del amor y la ternura. Único remedio para la peor de las hambres. La que amenaza con devorar lo mejor de nosotros.

Que nos aferremos a testimonios como éste que Camus pone en boca del doctor Rieux: "Yo quiero testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que les ha sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio".

A 60 años de la desaparición física de Albert Camus, mi pequeño homenaje.

Javier Martínez (javmz@hotmail.com)

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