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Opinión
Apuntes sobre la guerra del chori

Escrito el 4 de abril del 2017 - 02:17
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 O la guerra de unos con otros. La grieta que supimos construir y profundizar. Porque al final el chori, lo que se dice el chori, no se mancha. (Escribe: Javier Martínez)
El presidente Macri junto a la vice Michetti a puro chori. Luego vendría la frase: ni colectivo ni choripán.
Una frase: "la política es demasiado importante para dejarla sólo en manos de los políticos". Y aquí lo esencial son los ciudadanos. Los dueños. ¿De qué? Por lo menos de comerse un rico chori en la calle de todos los días o en las quintas de fin de semana. Eso hasta ahora, que al pobre lo mandaron en cana, que lo tironean y despedazan, que lo enarbolan y lo aplastan entre gritos, insultos, memes y amenazas.

Mucho, mucho menos hay dejar la política en manos de los que la entienden como simple relato o estrategia de marketing. De ambos extremos venimos teniendo bastante. Son dañinos, malsanos, contraproducentes. Mejor dejarles en las manos un chori. Y que se calmen.

Es decir, veamos. Si vamos a pensar en política, pensemos, o intentemos pensar, en profundidad, no de grieta, sino de racionalidad y esperanza. Con razones de peso que no pasan por estigmatizar, por discriminar, por rechazar, por "dárselas de" cuando "se es como", sobre todo, manipulando lo simbólico y cediendo a prestar consentimiento a merced de una sola efectividad: la que busca generar una reacción retrógrada.

Creo que nuestra historia política, marcada también por hombres probos, por políticos de fuste entre tantos lobos, chantas y aprovechados (de esos que contados con los dedos, pero que los hay los hay), merece un análisis más preciso, más contundente, más categórico. Más respetuoso de la política y de la inestimable condición de ciudadano, por encima del signo partidario. O con el signo mismo, pero posta y no superficial, de juguete, artificiosamente electoral.

En síntesis, no me vengas con el chori. ¡Fanáticos, dejad al chori en paz! Que no merece ser parte de una guerra entre caníbales que se despedazan unos a otros, cuando sólo sabe deleitar, hermanar, alegrar. Chori democrático, gastronómico y universal.

No recuerdo choripán más delicioso que el que comí siendo niño en una cancha, viendo a River Plate con mi tío, que se sentía orgulloso de darme eso, una entrada, un partido, un chori. Su compañía. Y mi tío era un radical, un alfonsinista de siempre al que cargaban porque participaba en internas de cuatro o cinco, de los que no se negaban a usar boina blanca, como para aclarar, ¿vió? Ahora que tanto hace falta aclarar. Entonces no. Entonces yo tenía espacio únicamente para experimentar todos esos sabores juntos. Y no sólo en el paladar. Lo más importante: también en el alma alborozada.

Aguante el chori. Lo ase quien lo ase, Francis Mallmann o el carro bar. Porque presiento que cuando el temblor pase, cuando los zombies de uno y otro bando dejen de dar rabiosas dentelladas, el chori quedará. Y entonces nos encaminaremos, tarde, bajo una luna de plata, con vino, cerveza y farolas, a reírnos a carcajadas. Felices de estar. De ser unos con otros. De haber hecho lo posible para hacerlo posible. Amigables conciudadanos de una punta a la otra. Como tales, unidos y reconocidos. Como tales fortalecidos contra todo lo que sólo habla el lenguaje del dividir, separar. Nada menos. Nada más.

A veces lo que se pasa, y no vuelve, es la oportunidad de transformar, y transformarse.

- "Panza llena, corazón contento". - Acá, "pobreza cero". - Quieres sal, te doy pan. - "Porque estamos en el calle de la sensación", mejor, pasame el chimichurri. - ¿Alguien quiere un poco más?

JAVIER MARTÍNEZ

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