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Contra el tarifazo en la energía eléctrica

La Justicia resolvió a favor del amparo presentado por los usuarios y ordenó a EDELaR refacturar sin aumento

La jueza María Alejandra Echevarría, a cargo de la Sala 6 de la Cámara Segunda en lo Civil, Comercial y De Minas, resolvió hacer lugar a la acción de amparo interpuesta por un grupo de usuarios en contra del aumento de tarifas aplicado a partir de febrero por la empresa distribuidora EDELaR SA. En consecuencia, la Justicia dictó una medida cautelar de no innovar, por lo que la firma deberá abstene...


Música Roja

Luis Soto - Escrito el 15 de junio del 2011
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  "Las cosas ocurren cerca de quienes pueden contarlas", sostiene el excelente narrador John Berger. Más que pasar cerca, esta historia se le echó encima al cronista, un crepúsculo de sábado de otoño. Camina sin apuro, haciendo tiempo, por Florida al 200. No cualquier ciudadano está preparado para hacer un tiempo de humana calidad que quede a su servicio personal. Una familia de músicos de tez morena -padres y un pequeño hijo que era la atracción visual del grupo- toca temas andinos.
-"Disculpe eso de indiecito. Boris tiene 6 años", justifica la mamá y luego completa: - "¿Cómo se llama ese instrumento? -"¿Qué son esos grisines, uno más corto, otro más corto, que toca el indiecito?", pregunta un chico tomado de la mano de su mamá.

" -“Es un xicu", dice el director.

La señora tira un billete de 2 pesos en la olla descascarada. El director hace sonar con ganas charango y guitarra, mientras su mujer acompaña palmeando suavemente una caja.

Los dos llevan sombrero negro que prácticamente les cubre el rostro, los ojos clavados a una misma baldosa, esperando las monedas que poblarán el hambre, esperando (antes) algún aplauso.

Prefiere callar el hombre, que hablen los instrumentos. Toca con la cabeza agachada, como si lo paralizara una honda vergüenza, como si estuviera condenado a aguardar situaciones que lo desbordan: pobreza, soledad.

Apenas se permite movimientos contenidos, mezquinos. ¿Será incapaz de ofrecer gestos seductores? Acaso jamás los pudo apreciar en su aldea, por lo menos a la luz del día y fuera de las paredes de adobe de las asfixiantes casuchas.

A pesar de esa quietud va creciendo gradualmente la mancha roja que domina el hombro izquierdo.

El cronista alcanza a ver que, tal vez guiada por el vertiginoso rasgueo del charango, la mancha ha comenzado a extenderse hacia el codo.

La mujer le señala la zona roja, él ladea aún más el ala del sombrero, reclama silencio con una mueca de los labios y apresura el final del carnavalito tarareado por los 8 ó 10 peatones que han detenido su marcha.
“Una maravilla, maestro", elogia un tipo de jogging y gorra de béisbol blancos.

-"Gracias", responde el director con excesiva mesura.

-"Yo recorro toda Florida. Ningún grupo ligó tanto como ustedes. Hay como 60 pesos ahí...", calcula el del jogging.

-"Es que sólo nos interesa la música, nada de show", argumenta el director.

-"¿Ah no...? ¿Y la idea de pintarse la camisa? A quién no le gusta ver a un mono sangrando...", detalla el otro.

-"No, Dionisio", recomienda la mujer.

El director acata el ruego.

-"Ninguno de éstos que se pararon aquí entiende un pito de música. Si le sirve, haga la suya, pero no se engrupa", arremete el osado acusador.

Retrocede el Dionisio, de pronto alza el charango y lo aplasta de revés en la jeta del jogginudo. Abriga el hombro herido con la palma de la mano y piensa qué van a tocar.

-"Soy médico. Si quiere lo llevo al Argerich", propone un señor de unos 60 años. El Dionisio se abraza al silencio, su más viejo amigo.

-"En serio, tengo el auto a una cuadra", insiste el médico.

-"No puedo ir al hospital" dice el Dionisio, y agrega, bajando la voz: "bolita y con un tajo sucio, si avisan a la policía..., imagínese, estoy jodido".

-"¿Qué va a hacer, entonces?", no afloja el médico.

-"Si no trabajo, cómo pago la pieza...", abre su verdad el Dionisio. Acomoda el charango y tranquiliza al médico: "en la pensión ella me hace un buen vendaje y mañana a las 5 voy al hospital".

El médico pone 10 pesos en la olla, el Dionisio recoge el billete y se lo devuelve.

-"Usted ya hizo demasiado. Algún diosito me va a cuidar", sentencia.

Al escuchar el puñado de eses con que nombra al mesías y el diminutivo final el cronista se aleja convencido de que habrá "aiuda" para el Dionisio y su gente.
Para Télam por Luis Soto