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El tiempo que nos piden, hoy

Javier Martinez - Escrito el 29 de abril del 2016
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 Lejos de cualquier pretensión científica, esta reflexión surge inspirada en la repetida aparición de distintos protagonistas de la política nacional y local pidiendo tiempo a la ciudadanía. Un escalón consecuente dentro de la lógica de un proceso de cambio que hasta el más acuciado, obtuso, temeroso y afectado debiera, por caso, admitir y comprender. El tema es que según la particular circunstancia y vivencia de cada uno los escalones pueden ir hacia arriba o hacia abajo; mientras que el tiempo, convengamos, empuja, y empuja irrefrenablemente hacia adelante. Es justo entonces preguntarse, ¿saben, reconocen, valoran lo que en realidad nos están pidiendo?
Detalle del cuadro La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí (1931)
Porque si empleo mi pensamiento crítico lo primero que se me viene a la cabeza cuando me piden tiempo está lejos de plegarse a la agenda política que pretenden imponer mandatarios, estrategas, partidarios y medios, ordenando pasado, presente y futuro a la medida de sus intereses, programas, cálculos, y relatos. Como si fuera tan fácil arreglárselas con esa triada inaprensible. Está más cerca de cierto amigo periodista que cada tanto suele saludarme recordando aquella frase sencilla: "a mis amigos les ofrezco lo más valioso que tengo: mi tiempo".

-- Tiempo y conciencia --

Tiempo nos piden. Como quien dice paciencia, esa virtud atada a la espera, a la tolerancia, a la resignación. Nos piden tiempo y para algunos pareciera que en realidad no nos están pidiendo casi nada, apenas algo difuso, algo totalmente externo, algo que todos poseen y todos pueden dar, y gastar. El célebre azoramiento de San Agustín ante la pregunta ¿y qué es el tiempo?: "Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo, no lo sé", ilustra la amplitud del concepto, lo escurridizo y elástico de su dimensión. Esto puede resultar muy conveniente para quien parece que no pide nada, y en realidad, lo quiere todo. Y muy perjudicial para quien tome ese pedido como un simple dejarse estar.

Novias y novios suelen pedir tiempo como quien pide una tregua con un pie puesto, en realidad, en la distancia. Pide tiempo el moribundo acuciado por la siempre repentina caída del telón. Tiempo piden ciertos entrenadores en procura de una pausa y un orden que les permita sacar ventaja o achicar el marcador. Tiempo piden los niños en la agitación de los horarios que dejan a los adultos indiferentes. Pide tiempo el deudor moroso, y, además, dividido en módicas cuotas. Tiempo piden últimamente, y de una forma recurrente, los políticos, y hacen resonar en su demanda la apelación a la lógica y la mesura más rotundas; la innegable empatía que involucraría capacidades sociales, intelectuales, emotivas; la taxativa obligación moral y cívica; vamos, un rasgo distintivo de evolucionada humanidad.

¿Por qué será que de todos, novias, novios, moribundos, entrenadores, niños, y deudores, es el político que pide tiempo el que nos resulta más capcioso? ¿Será, precisamente, porque parece tan dispuesto a reducir una noción compleja a la medida de un argumento, uno más, de su retórica? ¿Porque al buscar convencernos estira su mano sobre un objeto que finalmente muestra sus largas raíces internas? Porque el tiempo, tarde o temprano, se nos revela independiente del reloj que sólo marca, mide, períodos, extensiones, programaciones. Y se vuelve concreto a través de su cara más real, más dinámica, pero acaso menos visible y menos fragmentaria: nuestra propia conciencia, territorio de armonías y contrastes, cambio y duración demasiado entretejidos. También la cara menos reducible a un esquema, donde de forma persistente reposa la incertidumbre.

-- Tiempo y tiempos --

Pasa que el político que ahora pide tiempo nos hace conscientes de que antes nos pidió algo más: la elección, el voto. Nos habla ahora de procesos, cuando antes nos habló de urgencias. Señala ahora cada paso, el largo plazo, cuando antes nos entusiasmó con la largada y, sobre todo, la llegada. Nos llama la atención sobre tanto que dimos por sobreentendido. "Nos hace co-rresponsables, con lo mucho que cuesta asumirlo", dirán algunos. "Intenta hacernos cómplices de su propia incapacidad", dirán otros. Tanto para seguidores como para opositores el tiempo también toma partido. Y distingue grados. De autoridad, de valor, de compromiso.

Porque no es lo mismo el pedido de tiempo de éste que de aquél: de un político mediocre, vuelta y vuelta, oportunista, que de un líder que propone un proyecto, un camino, un sentido. Mientras que con éste último la sociedad suele mostrarse más generosa y tolerante, el primero sólo siembra -y cosecha- reacciones de rechazo. No obstante, al final, todo dependerá de cuanto medie entre su posición y la nuestra, es decir, el ciudadano; entre los requerimientos de su programa y nuestras diversas, desiguales, necesidades.

Porque también es cierto que no es lo mismo el pedido de tiempo para alguien para quien ajustarse implica postergar un viaje placentero o poder comprar menos dólares, que para aquel al que la falta de empleo amenaza con no dejar otra alternativa que empezar a rondar la heladera social; no es lo mismo el pedido de tiempo para alguien que busca que se haga justicia y espera ver por una vez a un funcionario corrupto preso, que para aquel que se debate en la falta de acceso a una atención médica de una calidad digna y de la que depende, en un momento, su supervivencia o la de sus familiares.

-- Tiempo, liderazgos y consensos --

En este punto, el intento de alcanzar un consenso referencial acaso parta de visiones como la contenida en la máxima histórica de un estadista de fuste como lo fue Raúl Alfonsín: "con la democracia se come, se cura y se educa", dijo en 1983 en su discurso inaugural ante el Congreso. Además de múltiples agregados, plantea una base imperiosa donde cualquier solicitud debiera, al menos, reflejarse y confrontarse. Con la democracia debiera comerse, curarse y educarse porque son esas condiciones elementales las que, a su vez, reaseguran auténticos valores elementales como la libertad y la justicia.

Aquel 10 de diciembre, el ex presidente también hizo hincapié en el tiempo, los tiempos, y diferenció: "los totalitarios piensan en términos de milenios y eso les sirve para erradicar las esperanzas de vida libre entre los seres humanos concretos y cercanos. Los problemas que debemos resolver son los de nuestra época. Los problemas que debemos prever son, a lo sumo, los de las siguientes dos generaciones".

Unos 25 años después, Alfonsín enfrentaba las cámaras para dar un último mensaje y reafirmar que "la democracia no es simplemente el ejercicio de la libertad, es también la búsqueda de la igualdad, la mejor posible distribución de los ingresos. No le hemos logrado del todo, quién no lo sabe. Por eso nuestro inconformismo". Un hombre con una visión, sincero, fiel a la corriente que supo echar a andar.

-- Tiempo, pérdidas y ganancias --

"El tiempo es la sustancia de la que estamos hechos", le gustaba repetir a Borges, acaso parafraseando a Benjamin Franklin, científico y estadista, que antes afirmó que "el tiempo es la materia de la que se compone la vida". Somos materia que viviendo se desgasta, y pasa. Y entre tanto sueña, piensa, recuerda, intuye, tiene expectativas, se emociona, elige, actúa, fluye y se construye. Somos conciencia. Tiempo que también se desdobla para mirarse.

Es bueno que se tenga claro, entonces, que el político que pide tiempo, así, tan seguido, ya sea como justificación o como forma de mantener encendida una esperanza, está pidiendo bastante. Nada insustancial, como parecen entenderlo algunos, mientras aprovechan para cerrar negociados particulares y corporativos, para pensar secreta o explícitamente en términos de "milenios" en cuanto a sus ambiciones, o para ganar tiempo en base a que la sociedad en conjunto tenga que perderlo, con lo que eso significa.

Además de recordar a mi amigo periodista y su frase (como si eso fuera poco), doy lugar en esta devenida ponderación del tiempo al llamado "gurú de las finanzas", el inversionista y controversial escritor motivacional Robert Kiyosaki, que consiguió un día despertar la atención con su definición de riqueza, la cual, termina por asegurar, "se mide en tiempo, no en dinero".

Tal vez desde otro extremo, aquí complementario, el ex presidente y actual senador uruguayo, el inefable José Pepe Mujica, explicaba en un fragmento de documental que llegó a hacerse viral en las redes sociales: "cuando compras algo, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta". Otra vez, el tiempo. La conciencia. La sabiduría.

El político que en verdad pide tiempo está requiriendo el aporte conciente de ciudadanos dispuestos a esperar, sí, pero también a controlar, a observar atentos, a colaborar y participar activamente. Está asumiendo la complejidad y la diversidad que caracteriza a la vida democrática. Y, sobre todo, está asumiendo la responsabilidad de dar soluciones constructivas y encontrar las vías de desarrollo que se precisan. Lo demás, es caer en el error de pedir tiempo sólo como una insensata excusa. Es decir, pura pérdida y cuento.

-- Tiempo y vida democrática --

De modo que tiempo nos piden y ante ese pedido es prudente que aboguemos porque los tiempos de la política coincidan, o mínimamente contemplen de forma responsable y consciente, los tiempos de la ciudadanía. Más que nada, un Estado a tiempo con las necesidades de quienes más lo necesitan, los sectores más vulnerables.

Ello implicaría evitar la confusión pragmática que ante la toma de decisiones difumina la política en mero ejercicio del poder, aún del poder otorgado en calidad representativa. Y esto porque a veces parece que se olvida que una democracia madura no es la que se activa sólo en épocas de elecciones o por simple imposición de mayorías, sino la que se legitima a cada paso en el ida y vuelta que demandan los marcos de convivencia. Asimismo, tampoco debiera confundirse con el cerrojo impuesto por meras ideologías desde las que se acostumbra a pintar con blancos discursos lo que en la práctica corre por carriles alternativos, muchas veces oscuros, que así como atraviesan ruinas, también en ruinas se hunden y culminan.

Porque el tiempo también es eso, "el implacable, el que pasó", al decir del poeta y cantautor cubano Pablo Milanés. No le sientan hipocresías ni evasivas. Y entonces, en conclusión, entre todos cabe, porque de todos depende, resguardar como derecho y deber, la esperanza, el tesón, de que esta vez no, de que esta vez el tiempo que nos piden y que damos no sea ocasión para dejarnos otra huella imborrable, sí, pero una más entre las tristes.

JAVIER MARTÍNEZ (javmz@hotmail.com)